#NIUNAMENOS
La democracia onanista: tres décadas ininterrumpidas en la pantalla argentina
La domesticación de los cuerpos y de la sexualidad a través de la creciente oferta de cuerpos desnudos femeninos en la tevé argentina determinó que la "liberación" no prosperara en Buenos Aires.

Lunes, 8 de junio de 2015
Una nota de Tiempo Argentino. Para mucha gente, quizá para la mayoría del pueblo argentino adulto, el estribillo de la democracia naciente en la televisión no remite ni a León Gieco ni a Sumo ni a Víctor Heredia ni a Mercedes Sosa ni a los Redondos. Sino a la cortina musical con que las chicas vestidas en bikini entraban por el costado de la pantalla,buscando la efigie picarona del conductor de Las gatitas y ratones de Porcel.
Era el momento del "destape", cuyo significado -en una operación jamás imaginada por los adalides del conservadurismo en retirada-, viraba de la efervescencia política posfranquista, en España, a un onanismo liberal rioplatense.
La domesticación de los cuerpos y de la sexualidad a través de la creciente oferta de cuerpos desnudos femeninos en la tevé argentina determinó que la "liberación" proveniente del ideal hippie y del Mayo francés en torno al sexo libre no prosperara en Buenos Aires más que en mundillos acotados. Se había creado en la televisión un ideal orgiástico sin orgía. "Me saco la ropita después de la tandita", decía Noemí Alan en Operación Ja Ja.
En la Francia post De Gaulle, Alain Finkielkraut y Pascal Bruckner en El Nuevo Desorden Amoroso (1979), lo escribían de este modo: "la obsesión en torno al sexo se convierte en una barrera eficaz contra la aproximación de los cuerpos".
En los años 90 La noche de domingo, con idea y conducción de Gerardo Sofovich, fue la whiskería a control remoto de más de una generación de machos argentos.
En Argentina, la bailarina de los programas picantes de los años 80 abrió un espacio para un cuerpo de mujer prototípico: un producto de exhibición, una muñeca articulada fuera de la cajita y al servicio del remate chistoso del capocómico. Este modelo trascendió incluso al de Olmedo, cuyas "chicas" tenían al menos una entidad teatral y un derecho a la palabra heredada de la revista porteña.
En los años 90 La noche de domingo, con idea y conducción de Gerardo Sofovich, fue la whiskería a control remoto de más de una generación de machos argentos. El modelo de la secretaria sofovichiana había perdido la voz, sólo gesticulaba ante el primer plano. Cuando en el devenir de los años retomó la palabra, lo hizo mayormente como clown, un Tony al servicio denigratorio del conductor sabelotodo que les enrostraba una supuesta ignorancia. (Claro que en la televisión argentina hubo otras representaciones de la mujer y de las mujeres. Pero se trata de entender el surco simbólico de una violencia sexual hegemónica en más de tres décadas de democracia.)
El tercer estereotipo es el de la modelo. El peluquero Roberto Giordano ya hacía desfiles de mannequins en Punta del Este desde 1983, pero con la acreditación globalizada de las supermodels sus desfiles veraniegos hicieron "estallar el rating".
El nuevo medio propició que los maniquíes móviles de antaño se convirtieran en mujeres con nombre y apellido. Los desfiles funcionaba más como videclub soft core que como referencia del mundo de la moda.
Los desfiles de Giordano acercaron al público a la desnudez antes retaceada por las vidrieras audiovisuales de Porcel y de Olmedo. Un ideal al alcance de la mano, pero intocable. El estatus púdico de respeto social que una mujer nunca había logrado al desnudarse frente a las sociedades modernas.
El cuarto escalafón del saqueo visual del cuerpo femenino en democracia es "Bailando por un sueño". Las nuevas vedettes ya eran "mediáticas" cuando los programas de chimentos entendieron que la peleas ao vivo funcionaban mejor que las indiscreciones. En Showmatch, con su fino olfato posmoderno, Tinelli mezcló todo: la bailarina, la secretaria, la modelo y la vedette; mezcló All that jazz con la película Freaks; y mezcló el Congreso nacional con el Tropicana. En el medio del pastiche, otorgó a la "culocracia" –como lo menta el filósofo José Pablo Feinmann- un barniz artístico. El culo femenino ya no se exhibe como el portavoz mudo de un bailecito cachondo, ni es la pose en tanga ofrecida a un contrapicado, o el objeto evanescente de una pasarela. En este programa, detenta un arte de alto vuelo con un packaging a lo Broadway.
Esta especie de fobia patriarcal contra la sexualidad cuerpo a cuerpo funda la genealogía erótica de la televisión argentina, que pasa su testimonio intocable desde Porcel hasta Tinelli. Esta violencia catódica, propagadora de una corpulencia frustrada (los televidentes y los culos viven en planetas diferentes), quizá también participe del ovillo cultural que hace a una sociedad corresponsable, por omisión y diversión, de los hombres femicidas. A la televisión argentina también le cabría el hashtag “#Ni una menos”.
Fuente:INFOnews